Finanzas de la tercera edad (1 de 2)

Las razones para la dejadez son muy naturales y humanas. Preferimos no pensar en el futuro, o por lo menos subvalorarlo y sobrevalorar el presente, por aquello de que nunca sabemos si el mañana llegará.

Como sociedad vivimos tiempos de mayor longevidad. Con los muchos años vienen, también, retos importantes en lo concerniente a los aspectos financieros que atañen a la población de la tercera edad. Aspectos que deberían ser temas de discusión, abierta y franca, en el seno familiar.

Pero el tema es casi tabú, como la mayoría de las decisiones y realidades en materia financiera. Lo vemos en el contexto de la pareja, en los casos de endeudamiento extremo o en presencia de desórdenes en el comportamiento que impactan nuestra economía, como las compras compulsivas o la ludopatía, entre otros.

En Estados Unidos, una sociedad mucho más avanzada que la nuestra en materia de planificación financiera, un estudio de 2015 identificó que el 85% de las personas de mayor edad (entre los 51 y los 75 años), no se ha organizado en materia financiera para enfrentar los retos de la vejez.

Las razones para la dejadez son muy naturales y humanas. Preferimos no pensar en el futuro, o por lo menos subvalorarlo y sobrevalorar el presente, por aquello de que nunca sabemos si el mañana llegará. Mientras más difícil sea la realidad económica de la persona, mayor será esa tendencia a reducir el futuro.

Hay cualquier cantidad de estudios que indican que, en la medida que avanzamos en edad, perdemos ciertos elementos o capacidades cognitivas que limitan un manejo racional u óptimo de nuestras finanzas, razón por la cual es tan importante planificarnos, pero también saber identificar el momento en que debemos delegar o pasar la antorcha a nuestros hijos.

Según la Fundación Nacional de Educación Financiera, algunas alertas tempranas de que podríamos estar perdiendo nuestra capacidad financiera incluyen: el tomarnos más tiempo al momento de realizar tareas básicas, una menor capacidad para manejar detalles en documentos financieros, una caída en las habilidades matemáticas elementales, dificultad para comprender ciertos conceptos financieros o para identificar los riesgos que están asociados a las oportunidades económicas.

No es uno, ni son dos, ni tres los casos de personas mayores, amigos y familiares, de todos los niveles socioeconómicos, que han sido víctimas de inescrupulosos que, aprovechando precisamente este tipo de limitaciones propias a la edad, manipulan a las personas para sustraerles sus ahorros, muchos o pocos, para beneficio personal.

Por ello, y con el ánimo de entablar (o, por lo menos, iniciar) un diálogo entre nosotros mismos, los del ahora y quienes seremos en el futuro, y entre padres y sucesores, iniciamos una serie de recomendaciones a manera de decálogo para la vejez.

Presupuestar. Toca organizar el ingreso y los gastos de la tercera edad. Sabemos de las limitaciones del sistema previsional existente en el país (como en la gran mayoría de los países de la región), pero de alguna manera tendremos que solventar los gastos del futuro.

En muchos casos, quizás sea necesaria la venta de algunos activos que se logró acumular, y en otros podría ser indispensable el apoyo de los hijos. Ojalá que dicho apoyo sea equitativo y equilibrado, y que la responsabilidad de los padres no recaiga solamente sobre los hombros de algunos hijos.

El ahorro. Más fácil que el ingreso puede ser el racionalizar los gastos del pensionado. Ojalá llegar a la tercera edad sin la necesidad de pagar una renta, o de mantener una vivienda más grande o innecesariamente costosa.

Las “ayudas” a los hijos, idealmente habrían cesado, de tal manera que el grueso del ingreso de la persona mayor se pueda concentrar en su bienestar y no en mantener una dependencia económica sin límites de unos hijos que ya debieron haber alcanzado la madurez y la libertad financiera. El “exceso de generosidad” es una amenaza real.

También serán una amenaza económica los gastos médicos, razón por la cual se debe priorizar una vida saludable, equilibrada y de bajo estrés. Aún con el mejor seguro médico que se pueda tener, siempre será mejor (¡mucho mejor!) prevenir que lamentar.

Idealmente, los hijos establecerán un “serrucho” en una cuenta de ahorro o fondo de inversión donde mensualmente todos aportarían, en la medida de las posibilidades de cada quien, obviamente, con el propósito de ir preparándose para importantes gastos de salud que, ineludiblemente, surgirán en el futuro. Esta herramienta funcionaría a manera de un póliza de “auto-aseguro”.

Simplificar las finanzas. En principio no recurrir, ni pretender siquiera, al crédito por vía de las tarjetas o préstamos. En muchos casos, por temas del alto costo de los seguros de vida exigidos para ciertos contratos de crédito, esto ocurrirá de manera automática.

Una persona de mayor edad no tiene por qué estar pendiente de fechas de corte, fechas de pago o el vencimiento de sus plásticos. Idealmente se manejará con una única tarjeta de débito, que simplificará la ejecución de su presupuesto de gastos.

Igual simplificación se aplica en cuanto a la cantidad de cuentas o relaciones bancarias que se mantengan a futuro. Mientras menos estados de cuentas o tarjetas se deba revisar, más fácil será llevar el control y la supervisión necesaria sobre ellas.

Las inversiones. El perfil de un inversionista de mayor edad es, por obligación, conservador. Pero eso no implica que los recursos con los que se cuenta deben quedarse estancados en una cuenta de ahorros o en un depósito a plazo fijo de bajo rendimiento.

Existen alternativas de inversión conservadoras, a través de los puestos de bolsa y las administradoras de fondos de inversión, que bien pueden ser consideradas para fines de maximizar y diversificar los activos productivos en esa avanzada etapa de nuestras vidas.

Ahora bien, nunca será buena idea pretender convertirse en un inversionista activo, y mucho menos especulativo, a una edad avanzada, y toca recordar la máxima más elemental al momento de invertir: a mayor rendimiento que se reciba, mayor será el riesgo.

A partir de los setenta años las exploraciones aventuradas en el mundo de las inversiones pueden tener efectos negativos irreversibles, sobre todo si implican exponer un monto importante de nuestros ahorros en instrumentos que desconocemos. Ciertamente, siempre es buena idea procurar nuevos conocimientos, aprender de forma continua, pero toca hacerlo bajo el régimen imperioso de la prudencia.

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